Érase una vez, en el reino de Serendip, un sabio y poderoso rey llamado Giaffer. Tenía tres hijos a los que amaba mucho, y quería dejarles, no sólo su reino, sino que todos los conocimientos y virtudes que debían tener los gobernantes de un gran reino. Así que reunió a grandes eruditos de todo su reino, cada uno con una especialidad diferente, y los puso como tutores de sus hijos. El rey pidió a cada uno que instruyera a los príncipes tan bien que cualquier experto que los encontrara reconocería de inmediato quién era su maestro. Y así lo hicieron los tutores.

Debido a que todos los príncipes eran muy inteligentes, les llevó poco tiempo convertirse en expertos en ciencia, lenguaje, filosofía y todas las demás materias que estudiaron, y pronto estaban mucho más informados que cualquier otro joven príncipe o noble del mismo país, edad y rango. Los tutores informaron al rey sobre el gran progreso que habían hecho los príncipes. El rey estaba un poco escéptico de que los príncipes pudieran haber adquirido tanto conocimiento tan rápido, así que decidió ponerlos a prueba.

En reunión privada con su hijo mayor, el rey le dijo: “Hijo mío, sabes cuánto tiempo he gobernado este reino y cuánto me he esforzado por cuidar a mis súbditos y gobernarlos con amor y misericordia, así como con justicia. Pero ahora estoy envejeciendo y siento que es hora de concentrarme en mi viaje al otro mundo. He decidido retirarme a un monasterio, para pasar el resto de mis días meditando y orando por mis pecados. Eres mi hijo mayor, y por eso te dejo el reino.”

El hijo mayor se inclinó ante su padre y dijo: “Padre y rey mío, aunque comprendo sus deseos, sé que todavía puede gobernar bien este reino y, con la gracia de Dios, oraré para que pueda hacerlo por muchos más años. Aunque estoy dispuesto a obedecerle en todo lo que me pida, mientras usted esté vivo y saludable, no sería apropiado que yo lleve la corona. Sólo cuando asciendas a tu merecido lugar en el cielo, me ocuparé del reino y trataré de gobernar con tanta sabiduría y justicia como tú ”.

El rey estaba complacido con la respuesta de su hijo, que mostró sabiduría y humildad. Pero ocultó sus sentimientos y le dijo a su hijo que se retirara. Luego llamó a su segundo hijo y le hizo la misma propuesta. El segundo hijo también se negó y agregó: “¿No debería mi hermano mayor ser el gobernante después de ti?” El rey volvió a ocultar sus sentimientos y llamó a su tercer hijo, quien también se negó, recordándole a su padre que sus dos hermanos mayores tenían precedencia en el trono antes que él.

El rey estaba satisfecho con los aprendizajes de sus hijos. Decidió que, para completar su educación, los haría viajar por el mundo para que tuvieran experiencias de la vida real además de los conocimientos adquiridos de los libros y sus maestros. Llamó a sus hijos y fingiendo estar enojado, les dijo: “Me han desobedecido y se negaron a mis deseos. Están expulsados del reino. Salid.”

Los príncipes estaban sorprendidos y herido, pero amaban a su padre, y él era el rey, así que los tres recogieron algunas cosas y dejaron el reino. Continuaron viajando hasta llegar a otro reino, gobernado por un gran emperador llamado Beramo. Mientras viajaban por la carretera hacia la capital imperial, se encontraron con un comerciante cuyo camello se había escapado. El comerciante preguntó a los príncipes si habían visto su camello en el camino.

El primer hijo le preguntó: “¿Tu camello estaba ciego de un ojo?”

“Pues sí,” dijo el hombre.

“¿Y le faltaba un diente?” preguntó el segundo hijo.

“Sí”, dijo el hombre.

“¿Y también estaba cojo?” preguntó el tercer hijo.

“¡Sí!” el hombre dijo.

“¿Su camello tiene una carga de mantequilla en un lado y una carga de miel en el otro?” preguntó dijo el primer hijo.

“¡Así es!”, contestó el comerciante.

“Además, lleva a una mujer en la espalda”, dijo el segundo hermano.

“Y ella está embarazada”, agregó el tercer hermano.

“Sí, ese es mi camello y mi mujer” dijo el hombre.

“Pues no lo hemos visto” dijeron los príncipes y continuaron su rumbo.

El comerciante pensó que la única forma en que los hermanos podrían haber sabido tanto sobre el camello desaparecido que lo hubieran robado y escondido ellos mismos. Entonces el hombre fue al juez, acusando a los hermanos de haberle robado su camello, y el juez hizo que los arrestaran y los metieran en la cárcel. Al día siguiente, el propio emperador escuchó el caso y los condenó a muerte.

Por suerte para ellos, alguien encontró al camello y la mujer, dando aviso al comerciante. El hombre volvió a la corte y con humildad reconoció haber encontrado su camello y que los tres hombres eran inocentes. El emperador los hizo soltar y los llamó a su presencia. Preguntó a los hermanos cómo habían conocido tantos detalles sobre un camello que nunca habían visto.

El primer hermano dijo: “Me di cuenta de que la hierba sólo se había comido en un lado del camino, aunque la hierba del otro lado era de mejor calidad. Así que llegué a la conclusión de que el camello no debía ver bien del lado del camino donde la hierba era buena”.

El segundo hermano dijo: “Me di cuenta de que entre la hierba estaba cortada a ras, pero que quedaban algunas briznas completamente sin morder, por lo que el camello debía tener un diente faltante”.

El tercer hermano dijo: “Y supe que el camello debía estar cojo, porque observé las huellas de tres patas de camello junto con la huella de un pie que se arrastraba”.

El emperador estaba asombrado e impresionado, y quería saber más. “¿Cómo supieron los otros detalles?” les preguntó.

El primer hermano dijo: “Supuse que el camello debe llevar mantequilla por un lado y miel por el otro, porque en un lado del camino noté un rastro de hormigas, que aman la grasa, y en el otro lado noté un gran número de moscas, que aman la miel”.

El segundo hermano dijo: “Supuse que el camello llevaba a una mujer, porque en un momento vi marcas que indicaban que el camello se había arrodillado, y cerca vi una pequeña huella humana, que podría ser una mujer o un niño. Había orina cerca, y cuando la olí, sentí un arrebato de lujuria, así que estaba seguro de que la huella debía ser la de una mujer”.

El tercer hermano dijo: “Y supuse que la mujer debía estar embarazada, porque vi huellas de manos, lo que indica que la mujer tenía que ayudarse a levantarse con las manos después de orinar”.

El emperador quedó tan impresionado con la inteligencia y las habilidades de observación de los hermanos que les rogó que se quedaran como sus invitados por un tiempo. Les proporcionó las mejores habitaciones del palacio, y todos los días se entretenía con ellos, discutiendo una variedad de temas diferentes y disfrutando de su inteligente conversación.


Traducido y editado con libertad de esta versión del cuento en inglés: link.

Este cuento persa es considerado uno de los primeros cuentos de deducción lógica. En comento más al respecto.