Cuando pensamos en Sherlock Holmes, nos imaginamos al famoso detective resolviendo el misterio desde la comodidad de su casa, sin dejar de fumar su pipa o derramar una gota de su té de Ceylán, gracias a su portentoso cerebro. No hay nada de suerte en su implacable y fría lógica… en apariencia.

El término serendipia viene del inglés serendipity. No es por azar que suene mejor en español que en inglés, si consideramos que proviene de serendip, una palabra de origen árabe al igual que tantas otras de igual origen que han enriquecido el idioma español. El escritor y político inglés Horace Walpole acuñó la palabra serendipity en honor al cuento “Three Princes of Serendip” hace más de 250 años. El reino de Serendip que da origen al cuento, actualmente Sri Lanka o Ceylán, es una isla al sur de India. En el relato, tres príncipes son injustamente acusados de un robo, al haber deducido múltiples cualidades de ciertos objetos robados. No daré más detalles para no arruinar una historia entretenida que recomiendo leer. La palabra serendipia terminó entonces denominado un “descubrimiento afortunado e inesperado que se logra cuando se está buscando una cosa distinta”, o como diríamos más informalmente, un chiripazo. Se citan como ejemplos de serendipias, el descubrimiento de la Penicilina, de los post-its, el principio de Arquímides y el Tefón, entre otros.

Sin embargo en el cuento de los tres príncipes de Serendip, no interviene la suerte: los hermanos describen las cualidades de lo robado mediante un proceso de deducción no muy distinto al que usarían otros famosos detectives. Más aún, hay quienes postulan que dicho cuento fue fuente de inspiración para Voltaire en su novela Zadic, que a su vez, podría haber inspirado a Edgar Allan Poe para “Asesinatos de la Rue Morgue”, iniciando el género de la novela policial.

De este mismo cuento, surgen entonces 2 dimensiones contrapuestas: por una lado, la suerte y, por el otro lado, la lógica. La disonancia es sólo aparente. Consideremos un extracto de “El sabueso de los Bakersville”:

Estamos entrando en el terreno de las conjeturas -dijo el doctor Mortimer.

Digamos, más bien, en el terreno donde sopesamos posibilidades y elegimos la más probable. Es el uso científico de la imaginación, pero siempre sobre una base material sobre la que apoyar nuestras especulaciones.- respondió Sherlock.”

El sabueso de los Baskerville — Arthur Conan Doyle.

Sherlock (y todo buen detective) sabe que para una misma evidencia pueden existir múltiples explicaciones, algunas más plausibles que otras. Las probabilidades le permiten saber cuál es la causa más probable, y nueva evidencia le permite confirmar o descartar algunas de las hipótesis. Es el método científico en su plena expresión.

Supongamos que para un crimen existen 4 posibles culpables con una cierta estimación de culpabilidad considerando la evidencia actual: Alicia (24%), Bob (24%), Carlos (49%) o David (3%). Sin duda nos inclinaríamos por creer que Carlos es el culpable pues tiene más del doble de probabilidad que los otros 3 sospechosos. Sin embargo, es más probable que no sea culpable (24%+24%+3%=51%) a que sí lo sea (49%). Por supuesto, no podemos aún probar la culpabilidad de Carlos, pero el curso de acción más razonable es investigar más profundamente a Carlos para confirmar o refutar la hipótesis de su culpabilidad. Si finalmente se encuentra más evidencia y acertamos en que Carlos era el culpable, hemos de admitir entonces que hemos tenido un grado de suerte pues otros escenarios eran también admisibles (incluso más probables). Es la mezcla de análisis deductivo, búsqueda dirigida y suerte la que termina por llevar al éxito.

En resumen, existe serendipia o chiripa en el proceso deductivo. Si bien se elige mediante lógica la opción más probable, y sobre ésta se prosigue la investigación hasta agotar posibilidades, existe algo de suerte en que la explicación inicial sea la correcta, en lugar de otras menos probables (con la información inicial), y en el descubrimiento de nuevas pistas y evidencias.

Como dijo Louis Pasteur: “La suerte favorece a la mente preparada”.