La puerta del vagón de metro se abre puntualmente a las 9:37 pm en la estación Puerto. Sergio espera tranquilamente, y sube en los últimos segundos, como si diera lo mismo quedarse o ir a algún sitio. No recuerda haber tenido un día tan difícil como el de hoy, y todavía le falta al menos una hora para llegar a casa. No es necesario esperar mucho tiempo para que comience la venta informal de alfajores y cuchuflís caseros, sánguches de jamón-queso o hamburguesas veganas. Sergio sabe que tendrán que pasar algunas horas y al menos un vaso de alcohol antes de que su estómago se recupere. Hoy ha sido un día particularmente intenso en el Servicio de Medicina Legal de Valparaíso. Comenzó su turno de 12 horas a las 8 am con los borrachos del puerto. Normalmente esos casos llegan durante la noche y se analizan antes de su turno. Esta vez y como ha sido la tónica de los últimos meses, el trabajo se acumula y desborda al turno que sigue. Pero no ha sido eso lo que le ha revuelto el estómago. Ya se ha acostumbrado al hedor a alcohol, orina y mierda, a sus cuerpos desangrados tras peleas callejeras o bañados en vómito en un último reflejo del cuerpo antes de rendirse a la intoxicación. Tampoco lo afectaron los otros cuerpos destrozados que llegaron durante el día: el abuelo, el atropellado, quemados y un largo etcétera. El día no había sido distinto de cualquier otro en la morgue hasta el cuerpo de esa adolescente de 12 años que llegó a las cuatro de la tarde. La morgue. Nunca le gustó ese nombre. Como francés. Como el tatuaje que tenía esa chica muerta cuya imagen sobre la tabla de autopsia todavía le perturbaba: Aujourd’hui. ¿Porqué una palabra tan larga cuando un simple “hoy” hubiera bastado, y sobre todo porqué el tatuaje era evidentemente tan reciente?

Trata de no pensar y no recordar. Mira la gente que subía y bajaba del vagón. Envidia su despreocupación y alegría. Desde que había comenzado su trabajo como asistente de médico de autopsia, se sentía cada vez más solitario y apartado. Aunque antes de salir del SML ya se había dado un baño completo y refregado con jabón después de su turno, y está usando ropa completamente distinta, siente todavía el olor a muerte pegado a sus fosas nasales. Sergio busca indicios de que ese olor no está solo en su cabeza. Examina los gestos de los pasajeros que rehúyen el contacto visual, no por lo que huelen, sino por esa mirada vacía y tenebrosa que los intimida. Trata de no seguir pensando en aquello, pero la fragilidad del cuerpo humano le es aterradora: el cuerpo, a pesar de su exterior pulcro y limpio, no es más que una piñata de sangre, músculos y vísceras en un equilibrio químico primario. Cuántas veces no le había tocado abrir un cadáver producto de un accidente para descubrir un cáncer que también lo hubiera matado en menos de un año. Sin embargo, las personas siguen su día a día sin la preocupación de las innumerables maneras que tienen de morir. Miraba sus caras, pensando que con seguridad alguno de ellos estaría en el frío mesón metálico de la autopsia antes de que terminara el año. Se preguntaba si ese cinismo y frialdad desaparecería en algún momento, o si ya había tomado un camino en el cual ya no había vuelta atrás. La ignorancia es felicidad, pensaba, y cuanto daría por olvidar esas imágenes que volvían sin remedio a su cabeza.